Del Bufador y el Encanto de Peñíscola

En un paseo de noche veraniega por un pueblo del levante español de esos de callejuelas empinadas, empedradas y también transitadas apareció a nuestro lado una pequeña calle sin salida, presidida, al fondo, por una roca que sostiene casas encaladas y engalanadas con un millar de vistosos tiestos. Allí, el Samarucs, una terraza de mesas y sillas de cestería, de esas con una pequeña vela en el centro, junto al cenicero, para darle encanto al momento. Y, ¡zas!, al fondo comienza a oírse el mar. Un rumor acuoso.


El Bufador.

¡Zas! Como si estuviéramos al lado, pero sin estarlo. ¡Zas! Un enigma de baja intensidad. El culpable es El bufador, una profunda grieta en esa roca de la que antes hablábamos y a través de la que podemos disfrutar de la relajante armonía del romper de las olas. Eso, claro, será así si el Mediterráneo no se enoja mucho. Si lo hace, digamos que por un temporal, y manda su furia contra los acantilados, El bufador no solo eleva su tono, sino que puede llegar a escupir agua de mar. Un caprichoso accidente geográfico con un nombre acertado. Realmente esa roca parece cobrar vida y bufar con gravedad. Estamos, no lo habíamos dicho antes, en Peñíscola (Castellón).


La zona turística de Peñíscola, vista desde las murallas.

Nos consta que el Samarucs ha renovado el mobiliario y su estética desde que anduvimos por allí.
Para gustos los colores, a nosotros se nos podría ir una tarde entera junto a El Bufador, ajenos a una calurosa mañana de agosto, de esas de sudor pegajoso y en las que el entramado de callejuelas del casco histórico de Peñíscola es un ir y venir de turistas.


Una calle del núcleo antiguo.

Sólo por ese centro urbano, plagado de tiendas de artesanía, ya merece la pena visitar Peñíscola, donde de algún modo el tiempo parece haberse detenido. Casas encaladas. Escalinatas irregulares. Montones de flores de vivos colores en tiestos agolpados en cualquier esquina o en las ventanas. Firme empedrado. Una calle dedicada al sol. Otra, al olvido. Y tres puertas de acceso: la de Felipe II, o el Portal Fosch; la de Santa María y la de Sant Pere, también conocida como la del Papa Luna por servir de embarcadero para el pontífice.


Puerta de Felipe II, de noche.


Detalle de la Puerta de Felipe II.


Interior de la Puerta de Felipe II.

Sorprende que haya podido salir bastante ilesa, como también la vecina y protegida Sierra d´Irta, a dos o tres décadas de salvajes especulaciones urbanísticas atraídas por la luz del sol y la playa. Peñíscola, de hecho, fue una referencia del turismo en los setenta y ochenta. Cuando los destinos se diversificaron, este templo de los viajeros franceses decayó. Sus playas mantuvieron la calidad. Y la zona realmente tiene mucho ambiente, sigue habiendo extranjeros y se puede considerar una de las playas de referencia de Aragón. Quizá fue un proceso natural propio de los movimientos humanos que, hay que recalcarlo, le ha venido bien. Peñíscola es un buen destino para desconectar.


La playa del norte de Peñiscola.


El Mediterráneo, en la llamada playa del norte.

Peñíscola tiene notoriedad en la historia. Estuvo bajo control de los Templarios, con todo el componente esotérico que le aporta al asunto en estos tiempos de Códigos da Vinci, tras formar parte de las posesiones musulmanas. En el siglo XV llegó a ser sede pontificia (la tercera, junto a Roma y Avignon que tuvo en el pasado la cristiandad).


Vistas del Mediterráneo desde una de las ventanas del castillo del Papa Luna.


Contrastes entre la roca y el mar, desde el castillo.


Una de las salas del castillo, decorada diferenes tapices; en el centro de la pared, el escudo de armas del Papa Luna.

El papa Benedicto XIII, el conocido como Papa Luna, aragonés de Borja, se refugió en ella y mantuvo un papado paralelo. La ciudad también tuvo peso histórico bajo el reinado de Felipe II y en la Guerra de Sucesión. Peñíscola ha aparecido hasta en el cine: Charlton Heston cabalgó como El Cid por sus playas cercanas y desde el municipio promocionan un festival de cine cada año. Hasta en uno de sus establecimientos, La Casa del Papa Luna, especializado en productos de toda la provincia, comercializan un licor de cola más antiguo que la propia coca cola.


Los bañistas disfrutando de un chapuzón con vistas.

Dar una vuelta por su castillo, como también por su zona amurallada, te aporta perspectivas magníficas del entorno urbano y la disposición de sus defensas. El contraste de la piedra vieja y el añil del Mediterráneo es realmente impactante en esta fortaleza que anualmente tutea a La Alhambra granadina en cuando a densidad de visitantes. En su parte más alta, donde pareces desafiar almar , comprendes el valor estratégico de la plaza, asentada en un peñón imperceptible, colonizado por las construcciones humanas a lo largo de los siglos. Todavía a mediados del siglo XX, otro punto fuerte en la defensa de la ciudad, el peñón quedaba aislado de la Península cuando subía la marea. Con las sucesivas murallas que se levantaron y unas cuantas baterías de artillería bien dispuestas, Peñíscola era sinónimo de inexpugnabilidad.


Atardecer en Peñíscola, visto desde el castillo.


La zona turística de Peñíscola, vista desde la “ciudadela”.

Justo en ese punto en el que el mar abrazó a Peñíscola durante siglos, ese mismo que la mano del hombre se ha encargado de domesticar, se esconde otro pequeño milagro de la naturaleza: que una fuente mane agua dulce al ladito mismo de la salada.

FUENTE: http://elpaisquenuncaseacaba.blogspot.com.es/

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